lunes, 21 de febrero de 2011

Capítulo II

-¿Qué es lo que dices, papá? ¿Soy un pez? ¿Qué significa eso? ¿Es esto un lenguaje en código que no entiendo?

-No, Fil, es lo que es: eres un pez. Cuando un hombre llega a los doce años, como tú el día de hoy, es cuando su cuerpo y su mente… -cada palabra denotaba que Horacio no era un hombre de ellas, sino más bien alguien que prescindía a menudo de los discursos largos- Es cuando…

-Papá, si me vas a hablar de la pubertad, tengo que decirte que en el colegio te ganaron hace dos años- respondió el aludido, ante el momento embarazoso.

-No, no tiene nada que ver con eso, hijo, es… A los doce años un hombre ya puede convertirse en pez –ante la mirada incrédula de su hijo, prosiguió-. Ya sabes cuánto te gusta el agua, ¿verdad? Cuán cómodo te sientes en ella, cómo sientes que es tu verdadero hogar… Bueno, eso es un claro indicio de que eres un pez. –concluyó Horacio, no muy convencido de haber escogido las palabras adecuadas.

Levantándose de un salto, visiblemente incómodo por no entender nada de la situación, Filbert, sin mirar a su padre dijo:

-Eh, el hecho de que me guste el agua y todo siempre fue motivo para que la gente dijera “es todo un pez”, eso fue desde siempre, papá, no comenzó hoy –y diciendo esto se alejó a grandes zancadas a recoger las redes de pesca, pues veía que ya estaban bastante llenas de peces.

La vuelta a casa transcurrió en silencio, y, ni bien tocaron tierra, Filbert dejó a su padre en el puerto a que se encargara de la pesca, y, para olvidar lo ocurrido, se dirigió trotando a su casa. Al entrar a la cocina en busca de un refrigerio de media mañana, encontró a una madre mucho más emocionada que anteriormente.

-Oh, hijo, estoy tan orgullosa de ti –le dijo Cecilia, con lágrimas en los ojos-. Dime, ¿cómo te fue en tu primer nado?

-¿Mi primer qué? Mamá, ¿de qué hablas?

-De tu primer zambullida al océano real, por supuesto –dijo ella, contenta.

-Mamá, llevo años nadando en el mar –respondió Filbert, un tanto cortante, y se dirigió a su habitación, dejando a su madre un tanto contrariada en la cocina. Ya allí, puso un poco de su música preferida, algo de Aerosmith, para relajarse. De todos modos le costó un poco, porque le daba vueltas en la cabeza al asunto con su padre, ahora más confundido aún por lo acontecido en la cocina con su madre. Después de un rato se introdujo completamente en la melodía que estaba escuchando como le ocurría siempre, dejando que Steven Tyler y su voz cambiante dictaran la dirección de sus pensamientos.

A mediodía, su hermanita entró en su habitación golpeando de su manera habitual, dos golpes rápidos, uno lento, y le anunció que su madre ya tenía listo el almuerzo.

Bajaron de la mano a la cocina, charlando sobre la fiesta de la noche. Una vez instalados a la mesa, Filbert había olvidado casi por completo lo que lo turbaba, y al parecer sus padres también, porque no se hizo ninguna referencia al tema. Hablaron los cuatro animadamente sobre los preparativos que faltaban para que el cumpleaños número doce de Filbert fuera un éxito, y cuando su madre dijo que ese sería un día inolvidable para él, a éste se le pasó por alto la mirada cómplice entre sus padres.

El resto de la tarde pasó demasiado lentamente para Filbert; luego de ayudar a su madre con la disposición de la mesa para bocadillos en el jardín, ya no le quedaba más nada que hacer que bañarse y alistarse, y cuando hubo acabado esto, decidió pasar el rato leyendo uno de sus libros favoritos, Moby Dick. Le encantaban todo tipo de historias que transcurrieran en el mar.

La noche se hizo esperar, pero finalmente llegó, y con ella, todos los amigos de Filbert de la escuela. Entre ellos estaban Mark, Peter, Eugenia, Antonio, Nick, Victoria, Patricia, Sebastián, Lourdes, Tomás… y Jodie. Al ver a esta última entrar, y ver las caras de desagrado de sus compañeros, Filbert le dijo a su madre, de manera que todos pudieron escucharlo:

-¿Qué hace ella aquí? Mamá, yo no la invité, me arruinará la fiesta.

-¡Filbert Rogers! –exclamó Cecilia, mirándolo incrédula- ¿Cómo vas a ser tan descortés con tus invitados? Jodie Harris es una compañera de clase y no la vas a dejar afuera de la celebración.

-Pero mamá –protestó el cumpleañero, disgustado ante lo que pudieran pensar sus amigos- ella es una rechazada… No tiene amigos, a nadie le agrada…

Al ver que Cecilia iba a replicar, Jodie dijo:

-Está bien, señora Rogers, no se preocupe, estoy acostumbrada a estas cosas, supongo que me iré a casa –y con un semblante de desilusión y tristeza, se retiró de la fiesta.

-Más tarde vamos a hablar, jovencito –dijo muy enojada su madre, marchándose a grandes zancadas del jardín, muy molesta. Unos momentos más tarde la fiesta prosiguió como si nada, y Filbert tuvo un gran rato con sus amigos, divirtiéndose sin recordar la maldad que acababa de cometer. Su madre no iba a dejarlo irse a dormir, luego de terminada la fiesta, sin darle un sermón al respecto, y dárselo se lo dio, pero Filbert acudió a la clásica técnica del “Sí mamá, no lo volveré a hacer, tienes toda la razón”, y se fue a la cama, completamente indiferente a los sentimientos que Jodie, esa niña indeseable, pudiera haber tenido.

Al apoyar la cabeza en la almohada no se imaginaba los sucesos increíbles que ocurrirían al día siguiente, y durmió como un bebé.

jueves, 17 de febrero de 2011

Capítulo I

- Ya sé, mamá, mañana tengo que ir a ayudar a papá con la pesca –dijo Filbert con tedio, ya que era la cuarta vez que su madre le decía esto. La verdad es que si no fuera porque era su cumpleaños, no se habría molestado en lo más mínimo, porque el agua era su vida; amaba todo cuanto tuviera que ver con el mar, ese infaltable compañero de todas sus aventuras que lo había acompañado desde siempre. Pero al día siguiente cumpliría doce años, y a la noche haría una fiesta con sus amigos, y quería tener tiempo para arreglarse para ella.

- Tienes razón, Filbert, lo siento- respondió su madre, que por alguna razón no podía contener su entusiasmo. Esto era otra cosa que desconcertaba a Filbert; millares de veces había acompañado a su padre en sus travesías de pesca, y esta iba a ser sólo una más de ellas, que si bien él disfrutaba con todo su corazón, pero no resaltaría de las demás en ningún sentido. Por eso no entendía por qué su madre le insistía tanto con esto, por qué estaba tan contenta al respecto.

Luego de ayudar a su madre con los platos se fue a dormir, aunque al principio se le complicó el asunto de conciliar el sueño, debido a la excitación por el día venidero. Sin embargo, al cabo de media hora de ponerse a contar peces en el mar se durmió, y tuvo sueños que no recordaría al día siguiente en los que nadaba por las aguas que tan bien conocía de una manera diferente.

Lo despertó un sonoro beso de su madre en su mejilla a las siete de la mañana, y al abrir los ojos descubrió a su padre y su hermana parados junto a ella con una bandeja para que desayunara. Los tres dijeron al unísono:

-¡Feliz cumpleaños, Filbert!

El aludido sonrió, y miró a su familia uno por uno. Su madre Cecilia Parker, una señora regordeta de pelo pelirrojo y mejillas sonrosadas, tenía los ojos más tiernos y comprensivos que nadie pudiera tener. Su padre, Horacio Rogers, un hombre fornido cuyos músculos se habían formado por el intenso trabajo en el mar, era alguien bastante torpe con los sentimientos, aunque de muy buen corazón. Por último, su hermanita de nueve años, Ruth, era una niña sensible y con un gran sentido del humor, y era fiel compañera de su hermano.

Luego de un rato de festejos le dejaron para que se alistara. Se dio una ducha rápida, se lavó los dientes y se encaminó hacia la puerta de la cocina. Su madre le indicó que Horacio lo esperaba en el puerto, y, antes de dejarlo partir, lo abrazó con fuerza y le dio un último beso. Cuando Filbert tenía una mano sobre el picaporte con forma de aleta de pez, pudo escuchar a su madre desde la cocina, sollozando:

-Mi bebé, está creciendo tanto…- y prosiguió su camino, aduciendo que su madre estaba emocionada por su cumpleaños.

Era un día hermoso, sin ninguna nube, pero con un viento suficiente como para desplazarse en el velero de su padre sin problemas. Cuando llegó al puerto se deslizó por el conocido muelle y de un salto se agarró de una cuerda, para deslizarse hacia el barco, El corsario, ante la mirada orgullosa de su padre, que mostraba a todas luces que él había nacido para eso. El velero comenzó a moverse mientras otro navío, Mar bravío, se cruzaba en dirección opuesta. Era el velero del padre de uno de sus amigos, y allí estaba el muchacho, saludándolo con la mano. Filbert le gritó:

-Vienes a la noche, ¿verdad?- a lo que su amigo respondió asintiendo con la cabeza, y ambos se saludaron, yendo cada uno en su camino.

Una vez que llegaron a una zona de mar un poco menos concurrido, su padre detuvo el velero, y se sentó al lado de Filbert.

-Hijo,- comenzó- hay algo de lo que tengo que hablarte-

-¿Qué sucede, papá? ¿Hay algo malo? –preguntó, consternado, ya que su padre no solía sentarse a hablar con él, y esto no presagiaba nada bueno.

-No, Fil, no hay nada malo. Más bien, algo muy bueno –Horacio dudaba, elegía cada palabra que decía con sumo cuidado-. Hoy cumples 12 años, ¿cierto? Bueno, por lo tanto, hoy comienza un nuevo ciclo en tu vida.

-Eh, papá, no entiendo a lo que te refieres –dijo el aludido, visiblemente confundido.

-Filbert, me refiero a que eres un pez.

Presentación

Saludos!
Estoy empezando este blog porque hace rato tengo ganas de publicar una de esas novelas online, divertidas de escribir y de leer. Por ahora va a llamarse Bahía azul, pero quizás, en el transcurso de la historia, resuelva que le queda mejor otro nombre.

La historia transcurre en un pueblo a la orilla del mar llamado Puerto Celeste, en donde existe un marino que tiene un hijo, Filbert, que pronto cumplirá doce años. Él sabe algo que su hijo, y la mayoría de los demás niños, ignora, pero que descubrirá pronto y cambiará su vida para siempre.

Espero les guste mi historia; estoy abierta a críticas constructivas.